21 noviembre 2009

Mensaje en el corcho

Le digo eso de que quiero tener un hijo que se llame D. También dos niñas estupendas y diferentes que se llamen como ella quiera. Le programo la vida conmigo mientras ella escucha divertida. Estoy nervioso y burbujeante, que diría mi amiga Kia. Cuando burbujeo me siento bien, y aunque no tengo muy claro lo que significa, creo que burbujear es lo contrario a la apatía (nada existencial por cierto) que practico habitualmente.

Le cuento también, entre copa y copa, que quiero vivir con ella en un ático con terraza durante unos años, antes de retirarnos definitivamente a una casita de campo para envejecer. Cuando ya no nos queden más objetivos por cumplir en esta puñetera vida lo mejor será alejarnos, obligarnos a crear el merecido fin del mundo. Armagedon compuesto de chimeneas encendidas toda la noche y algún disco de los Smiths o Van Morrison sonando desde el piso de arriba en algún viejo aparato que ninguno de los dos haya encendido jamás.

Así pasamos la velada. Yo sin parar de hablar. Ella participando del juego inofensivo de construir un futuro conjunto. En ocasiones me gustaría que todo fuera así de sencillo. Que acercarse a una persona no fuera más que charlar sobre la hipótesis de que algo pueda funcionar. Bromear alegremente sin la necesidad de joderte la vida intentando conocer a una chica que tiene una dirección diferente a la tuya.

Le digo que desde que entró en mi casa, hace un par de horas, tomé la determinación de tirar todo el porno acumulado en mi ordenador. Ella ríe y me pide que no lo haga, todavía lo podemos utilizar. Me gusta esta chica, obvio.

Antes, obligada por nuestra amiga común, dejó un mensaje en el corcho de mi trabajo. Un mensaje corto y contundente, un mensaje de mentirijillas que termina con un alarmante “llámame”. En él incluye un teléfono con un número erróneo. El último seis no es de verdad y tengo cinco posibilidades para equivocarme. Cinco posibilidades de conseguir llegar a su voz para decirle algo tan manido como hola que tal. Cinco intentos por delante antes de quedarme sin palabras en una tarde sin burbujas. Una posibilidad entre cinco para leer el siguiente capítulo.

Luego te despides y duermes solo. Ha sido divertido y aceptas el juego con deportividad. Lamentablemente, el maniquí que duerme a tu lado habitualmente, se ha tomado el día libre. El peso sobre el colchón no se reparte de manera proporcional. Algo ha fallado, como casi siempre. Algo te falta y reconoces que te has puesto un poco nerviosos cuando rebuscabas, sin conseguirlo, alguna frase concluyente en la despedida.
Algo te falta y puede que una posibilidad entre cinco no sea tan mala jugada.

Chico conoce chica. Chico la recuerda antes de quedarse dormido. Chico calcula la distancia en cigarros que lo separan de Málaga.

Chico se duerme pasadas dos horas.

05 noviembre 2009

Dos minutos de ausencia

Rebeca me dice oye, que tienes el ojo rojo. Se te acaba de reventar una vena. Derrame ocular al canto. Yo apuro mi cigarro de la mañana y me voy a ver al espejo. En unos minutos ya me he desmayado. Hipocondría al canto. Me reaniman mientras llega la ambulancia, en el suelo del bar, dando un espectáculo grandioso. Recupero la consciencia y abro los ojos, contemplando como un señor me abanica con la carta de los cafés en la mano y una chica preciosa me sujeta las piernas en su regazo. No logro mover los brazos con normalidad y lo único que deseo es desaparecer, esfumarme, intercambiar papeles y poder contemplar a un pobre infeliz en el suelo mientras marco el número de emergencias. Pues no, eres tú el observado, el reanimado, el preguntado, el abanicado, el centro de todos los primeros auxilios que la gente a mi alrededor puede recordar en ese momento. Se me abre la consciencia poco a poco y suelto alguna broma sin gracia. Efectivamente estoy mejor.

Así estamos, amigos, con el ojo rojo. A mí me gusta, la verdad, aunque a Silvi le de cosa verlo y le tenga que dar el perfil bueno. El perfil en el que nada malo me ha pasado y las venas no se me rompen.

El motivo no lo sé pero todavía me rondan las palabras de los chicos del samur. Tómatelo con calma, chaval, no te esfuerces demasiado. El estrés es muy malo. Puede que esté estresado, que algo no funcione aquí dentro y no me haya dado cuenta. Puede que las últimas noches de alcohol estén pasando factura. Puede que algo no vaya demasiado bien y la insatisfacción se esfuerce por mostrar sus síntomas. El ojo rojo es el regalo de cumpleaños que me hace mi yo futuro para que me de cuenta de algo. Quizás quiere enseñarme que a partir de ahora los pulmones no van a trabajar sin ayuda, ni el corazón seguirá bombeando eternamente, ni las venas van a llevar la sangre donde deben por el camino correcto. Que tantas noches solo y con pesadillas son el peaje a pagar. Que algunas cosas ya no son gratis. Que hay cosas importantes que se rompen por voluntad propia, queramos o no.

Pese a todo, me encanta mi ojo. Un defecto más que me parece cualquier cosa menos casual. Algo así como un rasgo externo de mi personalidad. La mirada sucia de toda esa mierda que le pasa a uno aunque no quiera.

Si el cristal está empañado, puede que la visión que recibes te ensucie por dentro. Puede, simplemente, que me guste adoptar el papel de un hipocondríaco moderado para animar ciertas reuniones sociales en las que ya me estaba quedando sin argumentos, sin chistes por hacer, y sin ganas de pedirle a la chica de turno el teléfono al que nunca llamaré.

Y luego te dicen que no te tomes las cosas demasiado en serio.
Igual es demasiado tarde para caminar de puntillas.

14 octubre 2009

Chica de la 223

En los psiquiátricos la gente espera algo que nunca sucede y la entrada de algún visitante es aplaudida por focas amaestradas. Focas enganchadas al tranquimazín aguardando que les entregues su puto pescado.

Tú no lo sabes, pero en aquella época me fijé mucho en ti. Yo era el chico callado que visitaba la 218. Mi hermana. Tú eras una chica joven perdida en algún laberinto. La historia me la contó tu madre, con la que conversaba en ocasiones cuando te ibas al baño y nos dejabas en la sala de familiares llenando los ceniceros. Te fuiste un verano de acampada con tu clase, hecha una adolescente preciosa y ordenada. Así me lo contó tu madre. Un día, en medio de un juego que a ti te daba miedo, te caíste de la cuerda en la charca del barro. Mientras los hijos de puta de tus compañeros se reían ante tu torpeza, tú luchabas por tu vida. Demasiados minutos bajo el lodazal, demasiado tiempo sin oxígeno. Eso dijo el monitor cuando llamaron a la ambulancia. Demasiado hijo de puta riendo mientras tu cerebro se cubría de barro.

De esa manera te devolvieron a casa. Como una niña de dos años que oye la risa de sus compañeros en su cabeza todos los segundos de su vida.

En ocasiones salías de tu habitación y me preguntabas dónde estaban los niños que se reían. Siempre con esas voces en tu cabeza, siempre con el fotograma del peor momento de tu vida congelado en la retina. Niños invisibles burlándose de ti en cuanto cierras los ojos.

Absolutamente incurable, me decía tu madre, aunque puede que con el tiempo podamos hacer que deje de oír a los niños reírse. Ahuyentar la tormenta de tu cabeza.

Todas las tardes tu madre te traía pinturas, vestidos, juegos, revistas. Todas las tardes mi hermana y yo nos sentábamos en el sofá de la sala y mientras fumábamos, observábamos como hacías los puzzles.

Yo a mi hermana le llevaba solamente dos paquetes de tabaco. Nunca le llevé un regalo, una flor. Introducir color en aquel pasillo me resultaba incómodo, mentira, cruel. Cada día más flaco, más gris, más callado. Demasiado tiempo sin oxígeno, pensé una vez. Y fue así como dejé aquella ciudad. Un minuto antes de que alguien tuviera que llevarme el tabaco todas las tardes de mi vida.

En una ocasión me regalaste una pieza del puzzle. Un trozo enorme de cielo hecho cartón. Creo que lo hiciste porque sabías que yo no era amigo de los que se estaban riendo de ti. Creo que sabías que quería matarlos a todos para que dejases de oir la burla estallar en tu cabeza una y otra vez.

La pieza del puzzle la perdí hace años. Nunca he sido capaz de conservar nada cerca. Hoy, que te recuerdo vagamente, creo haberte curado en mi memoria. Y ya no tienes esa mirada vacía, ni arrastras las zapatillas por el pasillo. No recuerdas nada de lo sucedido y puede que no hayas vuelto a hacer un puzzle aburrido en tu vida.

Ahora el chico que recortaste de aquella revista duerme a tu espalda todas las noches. Y él solo se ríe cuando equivocas los calcetines al vestirte para ir al trabajo.

Demasiado tiempo sin recordar tu nombre. Demasiado tiempo sin oxígeno.

09 octubre 2009

Cuando cierran los bares

Una noche cualquiera del invierno pasado después de cerrar los bares de lavapies y la latina. Ninguno de los tres ha pillado cacho, de forma que nos subimos a mi antiguo estudio y seguimos bebiendo. Rosario elige las primeras canciones de mi mp3 y Manu busca el alcohol en mi frigorífico. Tres amigos prolongando la noche sabiendo que es de día. Las persianas echadas y el vecino que se va a currar. Solo aspiramos a cantar esas canciones tristes que tanto nos gustan. Bailamos, bebemos, cantamos, reímos.

Tantas noches prolongadas que ya no me acuerdo del argumento de cada una de ellas. En ésta, borracho y perdido, enciendo la cámara y grabo a mis amigos hacer las cosas de siempre. En ocasiones, cuando el alcohol impide comunicarme, lo que hago es tomar nota, dejar constancia.

Al final siempre acabo grabándome en el reflejo del espejo sucio del baño. Buscándome a mí mismo y a mis amigos en él, tratando de entender si el sueño está dentro o fuera del espejo. Mirándome la cara hinchada de alcohol. Sin hacerme preguntas, sin esperar respuestas.

Un año después encuentras la cinta y comienzas a jugar con ella. Con el respeto debido a los vinos viejos, lo montas al corte, sin alardes, sin prisa. Con la única pretensión de enamorarte nuevamente de esas noches felices y casi olvidadas. Con la honestidad de saber que estás mintiendo.

Montar es crear un nuevo recuerdo. Inventar lo que sucedió una noche totalmente olvidada. Material de derribo convertido en un sueño apacible donde reposar el cerebro cuando regreses de madrugada a casa.

Editas para no mirar por la ventana. Editas por no saber silbar.
Y lo que queda es esto. Un nuevo recuerdo que regalar a tus amigos.

Evitando que olviden lo que pasaba en noches como esa.

“Dejarse llevar,
suena demasiado bien”

03 octubre 2009

He visto (plagio con dedicatoria)

1

He visto como Alberto caminaba calle abajo hacia mi bar. Con el cielo gris sobre nuestras cabezas y la mañana de un temprano moderado, me ha dicho “qué lento eres, cómo es que no te han despedido todavía” Acto seguido ha comenzado a colocar las sillas de mi terraza, el escritor, el tipo de la mochila, el cacho cabrón encantador. Luego lo he visto tomando café y tarta con una chica, descuidado, tranquilo, educado. El cacho cabrón, el escritor, el Olmos.

2

Me he visto comprar el periódico en Madrid y terminar leyéndolo en Valencia. Todo en medio de unas decisiones precipitadas, planes confusos y llamadas al límite. Motivado, fundamentalmente, por una resaca melancólica que hizo posible que me fumase mis días libres en busca de darle un abrazo a un amigo verdadero.

3

He visto como Valencia se me abría en canal en una mañana de Viernes. Comprobé como el río de los callejeros es una quimera a la que no llegas en la realidad. Te asomas en cada barandilla, cruzas cada puente con la única esperanza de encontrarte con un hilo de agua que te diga que no estás loco. Pero no, el río no existe. En esta ciudad han decidido inventarse otra ciudad en el lecho mismo. Donde antes algo fluía, ahora quietud, nada más. Y la ausencia de cámara de fotos, esa que podría enfocar tus pensamientos llenos de chicas en bicicleta por el barrio del carmen, te recuerda que no estás de viaje. En realidad ni una mochila te has llevado y callejeas perdido con la misma ropa con la que apurabas el gintonic en la madrugada anterior. Felicidad, creo que se llama. Libertad absoluta en una ciudad donde nadie te espera, nadie te quiere, nadie te conoce. Donde nadie te dice nada. Donde nadie te miente.

4

He visto amanecer desde el hotel. En calzoncillos. Fumándome el primer cigarro del día. De mi vida. Contemplando como el sol tostaba la ciudad de las ciencias delante de mí. Vista imponente y desafiante. Calculada por ingenieros del espectáculo urbano. Arquitectos del plano general. Gente con estudios, pienso, gente con problemas, me digo.

5

He visto a tres chicas peligrosamente atractivas a una distancia prudencial. Esa distancia que permite que entiendan tus preguntas e impide que escuchen tus pensamientos llenos de deseo y congoja. La clave está en la distancia. El golpe duele más cuanto más cerca. Las chicas en bici y con tatuajes golpean de lo lindo. Te hacen cicatrices en cuanto te despistas. Distancia prudencial. Distancia.

6

He visto, dos noches antes, como Rosario contemplaba su imagen en la pantalla de mi ordenador. Se miraba y sonreía, guardando las palabras para luego. Sabedora de no haber contemplado su reflejo, si no la soledad que queda en las noches de alcohol y música. Imágenes del invierno pasado. Un recuerdo ficticio creado a golpe de ratón. El recuerdo de cuando éramos felices y bebíamos sabiendo que en el mañana, pocas buenas noticias se reciben.

7

He visto un personaje de ficción vestirse de persona normal. Hace unos días, una casualidad me hizo conocer a Dillinger. El chico que le sirve el café por las mañanas en mi bar le lee por las noches. El chico al que le sirvo el café por las mañanas me lee por las noches. Dillinger y Supercrisis compartiendo wifi. Ondas que escriben cosas parecidas sobre mendigos, bares y nubes. Ahora que sé el secreto, podríais matarme. Sé quien es dillinger. Alguien tiene un revólver?

8

He visto como intento enmendar las malas acciones del pasado reciente. Me he visto exigir respeto. Lo único que tengo, lo único que me queda, lo único que me importa. Me he visto pedir perdón entre dos copas de albariño. Hablar calma el corazón. Reconocer la verdad de la mentira ahuyenta los perros que nos mordisquean el cerebro.

9

He visto a rosario despedirse con un fuerte abrazo en la puerta de mi casa mientras Manu duerme en mi sofá. Copas de vino sin terminar y la casa que se desordena sola. Entonces me he venido a contaros esto desde la cama. Con mi canción sonando. Con mi cigarro agotándome los pulmones.

10

He visto como desordeno tres días en unos pocos párrafos. Si todos los días fueran así de canallas, de extremos, de peligrosos, de improvisados,
entonces esto, lo que demonios sea esto, merecería la pena.

18 septiembre 2009

Suicidios ejemplares de Enrique Vila-Matas

Hace tiempo me compré este libro simplemente porque el título me parecía genial. No me lo he leído y pese a todo, puedo decir y digo que es un libro de la leche. Puta obra maestra.

Cuando el título es bueno ya no hace falta leerse lo demás. El contenido tiene que estar a la altura. Así que de vez en cuando saco a pasear el libro por las terrazas de la latina. Lo abro para que la gente pueda ver el título y sepan qué me estoy leyendo, o haciendo que me leo, un libro de la hostia. No te digo más.

Leemos libros para saber si son buenos, si nos gustan. Con este ya no hace falta, es bueno y punto. Y nos ahorramos lo demás. No es nada personal contra el autor, del que por cierto no paran de hablar los unos y los otros como si nos fuera a poner un piso. De Vila-Matas no me he leído nada, pero tampoco de otros muchos. Nada personal. Con ese título, ya no me apetece. Está todo dicho y la respuesta contestada.

Con las personas nos sucede algo parecido. El título importa, los titulares. Nos acercamos a ellas para saber si merece la pena conocerlas, para saber si están a la altura. Como el tipo del otro día cuyo titular era quiero hablar con tu jefa que organizo un rally solidario por África y necesito patrocinadores. Después de esto pues te apetece conocerlo, claro. O la otra, la del quiero un capuccino pero bien hecho no como la otra vez. Libro malo, me dije.

Nos arriesgamos a conocerlas, digo, para luego poder decir que merece la pena conocerlas. Sin embargo al afirmar esto último ya nos estamos contradiciendo. Para estar seguros de que merece la pena ya nos hemos asomado y a toro pasado es fácil emitir juicios. Gente bien titulada, eso es lo que necesito.

Ves la peli que te han recomendado solamente para saber si es buena. Luego restamos puntos en función de lo bien que nos la hayan valorado nuestros amigos. Si te gusta un seis y a tu amigo un nueve, tú le dirás que un cinco pelao que no es para tanto cacho cabrón. Las opiniones individuales son un invento de marketing de las empresas de perfumes. No existen. Siempre hacemos media colectiva.

Opiniones colectivas. Buzón de sugerencias para los perezosos.

Con las personas casi lo mismo pero al revés. Da la impresión de que la gente que nos presentan tiene carta blanca dependiendo del titular que nos haya dado nuestro amigo común. Los defectos oportunos se ven disimulados por el barniz generoso de las anécdota vividas. Los amigos de mis amigos ganan dos puntos. Igual que las chicas en bicicleta.

Si he conocido en mi vida a cien personas, desde hace tiempo todas me parecen ya conocidas. Me presentas a Juan y creo que es igualito que el número 55 de mi lista. La rubia del otro día pues es más bien el 12. Y así con toda la gente nueva. Parece triste, es verdad, pero me sale natural.

Muy de vez en cuando aparece alguien diferente, con un buen titular a sus espaldas y demasiado tiempo libre. Entonces puede que esa persona pase a ser la 101. Algo nuevo que sí que merece la pena conocer.

El pasado ya no es lo que era, pero el futuro, vamos hombre, el futuro deja bastante que desear. Francamente.

11 septiembre 2009

Hoy no

Después de años, hoy me dedicado a leer.
Después de hacerlo, he olvidado lo que quería escribir.