30 abril 2009

Mi hermana

Recuerdo a mis padres saliendo de noche para buscar algo. Comida para el monstruo. Antes habían encerrado a mi hermana en el cuarto que está pegado a la cocina. No recuerdo bien si me dejaban solo en casa con ella o si por el contrario me quedaba al cuidado de mis hermanos mayores. Lo único que recuerdo es que yo era muy pequeño. Mi infancia fue de lo más normal. A decir verdad no recuerdo apenas nada. Uno siempre es demasiado pequeño para recordar nada.

En ocasiones escuchas o lees a la gente hablar de sus infancias. Describen tal o cual situación que para ellos influyó de alguna manera en lo que ahora son. Mentiras. Mentirosos. Es imposible recordar nada. Cuando la infancia sucede uno nunca está presente. Es otro el que se afana en crecer y aprender. Nosotros sencillamente esperamos el momento de entrar en escena y soltar nuestras frases.

A mi hermana la encerraban en el cuarto donde mi padre había colocado dos cerrojos corredizos en la puerta. Salían de noche para buscar, creo, aquello que mi hermana necesitaba para aguantar el mono. Mi único cometido era subir el volumen de la tele para no oír sus gritos. Ver tele, esperar. Hacer como si no pasara nada.

Ella gritaba y golpeaba. Insultaba y rompía cosas. Mi hermana detrás de la puerta. Mi hermana el demonio. Mi hermana convertida en puerta.

El demonio me insultaba y me amenazaba de muerte para que le abriese. Yo no abría. Yo subía el volumen y aguardaba el regreso de mis padres.

Cuando mi hermana utilizaba palabrotas realmente llamativas no podía remediar cierta complicidad con el demonio.
Sin embargo, algo sí que me producía verdadero pavor, y es exactamente lo que he recordado esta mañana. Mi hermana siempre amenazaba con machacarme la cabeza con una vara de hierro. Decía que me iba a golpear un millón de veces hasta matarme si yo no abría la puerta. Vara de hierro. La forma más dolorosa de morir. Vara de hierro, la expresión más contundente para matar. Recuerdo buscar de vez en cuando esa vara por toda la casa. Siempre estuve seguro de que mi hermana la escondía en algún lugar. Podía visualizarla, toda oxidada y ligeramente retorcida.

Hoy la he estado buscando en mis recuerdos todo el rato. He calculado el destrozo que sus golpes podrían provocarme. Me he visto sangrar en el suelo cientos de veces. He sentido como mis costillas se quebraban una y otra vez. Sangro, muero, y la vara de hierro sigue golpeándome.

La puerta me amenaza y la persona encerrada golpea una silla contra la pared. No recuerdo como era mi hermana en su adolescencia. No tengo recuerdos de ningún tipo. Solamente puedo sentir el dolor de la expresión vara de hierro en mis tímpanos.

De vez en cuando sucedía algo todavía peor, el demonio dejaba de gritar y se hacía el silencio. Cuando la persona encerrada se calla es porque puede oír tus pensamientos. Puede meterse en tu cabeza y conseguir que cometas el error de abrir la puerta para comprobar lo que queda dentro del cuarto, desatando así el dolor y la locura del infierno allí preso.

Cuando la persona encerrada se calla es porque está a punto de escapar. Puede que mientras yo estoy tratando de ver la tele, ella esté reptando por el pasillo camino del salón. Ahora mismo, estará agazapada debajo de la mesa, observándome desde la penumbra con una sonrisa de niña endemoniada, esperando el momento de abalanzarse sobre mí y darme mi merecido. Deseo que cese el silencio. Quiero que vuelva el continuo cascabel de gritos para estar seguro de que el infierno sigue atrapado tras la puerta.

He pensado en palabras capaces de hacer frente a la vara de hierro. Llave, casa, refugio, hermano, papá, mamá…
Insuficiente, ninguna de ellas suena redonda, ninguna suena a verdad. Palabras frágiles ante el demonio.

Por eso he apagado la tele y me he venido aquí. Escribo por primera vez en mi vida a cámara lenta, muy despacito, susurrándome lentamente lo que quiero decir bajo la atenta mirada de mi hermana bajo la mesa. Me he susurrado lentamente todas estas palabras. Las he colocado una pegada a la otra, he formado filas y columnas sin dejar espacio en el medio. He levantado una estructura lo más resistente posible. Algo que pueda soportar el primer golpe de la vara de hierro de mi herma.

Y aquí sigo, agazapado detrás del muro, espiado por el demonio y esperando que mis padres regresen a casa.

24 abril 2009

Test de embarazo

NINGÚN BOLLO EN EL HORNO…

Este es el mensaje que recibo en mi móvil. Un mensaje esperado que proviene de Ana. Se acaba de hacer la prueba de embarazo y efectivamente, significa que no, que nada de nada. Negativo. Respiro aliviado.

Un momento, alto el carro. Esas miradas divertidas, fuera de mi vista, que yo a Ana ni la he tocado y nada tengo que ver en el asunto. El que si tiene que ver es otro tipo con una puntería más que demostrada en estos asuntos de la procreación.

Mi vinculación con el test de embarazo es otra. Ayer mismo acompañé a Ana a la farmacia a comprarlo y por lo tanto me considero un padre legítimo de la noticia. Ella, previamente se autoregaló un ramo de flores en la floristería de al lado. Imagínense el cuadro. Chica con ramo de flores y chico de aspecto trasnochado acuden a por la prueba en cuestión. Hicimos un poco el numerito pero no demasiado. Yo la increpaba a leer bien los manuales de instrucciones, que luego ya se sabe que los condones no se ponen solos. Luego la farmaceútica, joven y de blanco, preguntó si quería el test del primer orín de la mañana o el de cualquier hora. Ana, toda tranquila pidió el de la mañana, como si no fuese con ella la posibilidad autodestructiva que amenazaba su horizonte. Yo, por detrás, susurraba a su oído que pidiese el test más inmediato para salir de dudas cuanto antes. Y ya de paso, quizá tendríamos tiempo de devolver las flores. Pero nada, la tía decidió prolongar el suspense hasta la mañana siguiente. No me lo puedo creer.

Si yo fuera mujer y estuviese en una tesitura parecida, me faltaría tiempo para prender fuego a toda la ciudad. Mi angustia me llevaría a hablar a voces y realizar docenas de llamadas reclamando atención y consejo ante tal circunstancia. En ocasiones echo de menos que la gente no sobreactúe un poco más.

Ya que todos, en mayor o menor medida hemos llegado a la conclusión de que gracias a la mentira este mundo es bastante soportable la mayoría de las veces, creo que ahora deberíamos reivindicar la sobreactuación y el histrionismo para hacerlo un poco más divertido. Que una cosa es que nos digan que trabajemos ocho horas y durmamos otras tantas, y otra bien distinta es que nos conformemos con permanecer las restantes en coma. Por favor, griten más, gesticulen más y conviertan sus circunstancias en mastodónticos problemas sin solución. Y es que ahora que mi vida personal duerme en un limbo auto complaciente, busco en los demás todo tipo de conflictos para poder pasar el rato de la mejor forma posible.

Volvamos a Ana. Ella me cuenta que se folla a ese tipo porque es bastante fácil y satisfactorio, pero que le aburre bastante. Que no le motiva demasiado. Me cuenta también lo de la otra noche. Después de cenar, los dos en la cama. Ella deseando el polvo del siglo y él que no se entera de la cosa y decide obsequiar a su socia de edredón con una horripilante sesión de capítulos de “The it crowd”.

Cuanta ingenuidad. Cuantas veces me he visto en situaciones parecidas por falta de comunicación y de picardía. Criatura. Ahí los tienes, una mujer mediterránea y exuberante en tu cama, una hembra italiana de cine suspirando que te abalances encima y la hagas sudar como dios manda. Que te la comas sin tanto por favor ni tanto mire usted y nada, que no hay manera.

Me imagino al tipo. Ahora te voy a dar una sesión de genuina cultura pop e intelectualismo urbano. Ahora vas a saber lo que es la construción de personajes y la parodia sutil de los diversos arquetipos que nos rodean. Humor del bueno, ya te digo. Y ella que nada, que lo único que quiere que le enseñen es el aguante de los muelles del colchón.
A veces me sigue sorprendiendo que los hombres y mujeres nos sigamos liando. Si en el fondo casi nunca nos entendemos del todo.

Hace unos días Ana y yo tuvimos esa conversación. La CONVERSACIÓN. Ella me preguntó si yo, en fin, que si yo, bueno, eso, que si yo sentía algo hacia ella diferente de esa relación de amistad que nos une. Es decir, que si yo me estaba enamorando o por lo menos albergaba la intención de acostarme con ella. La respuesta fue no, y pese a todo, reconocí que hace bastante tiempo, después de una cena y con el vino en la cabeza, sí deseé subirla a casa y pasar la noche entre sus pechos. Ella me reconoció que de follar nada de nada, que no la excito, aunque sin embargo, después de acostarse con el tipo este que se trajina últimamente suele pensar en mí y en mi sentido del humor. Ahí está el problema, me digo. Si bien casi ninguna de mis amantes me recordarán como el mejor de los polvos, otras por el contrario me consideran el top five de las conversaciones postcoitales. Ojo, y de las postnocoitales. Que no se diga.

Así que chicos y chicas, si creen ser felices no me lo digan, pero si por el contrario están hasta los mismísimos, sobreactúen y luego, compártanlo conmigo. Gritemos todos mucho y agitemos los brazos como si todo esto que nos rodea fuese en serio. Hagamos que la vida nos vapulee y así, intentemos hacer este rato juntos un poco más rápido y divertido.

En el fondo, los cretinos como yo siempre deseamos que la infelicidad nos contagie a todos, para luego correr al médico y vacunarnos el primero.

09 abril 2009

Aparente cirujía

La música está demasiado alta para estas horas y siguen sin tener conexión.

Escribo.

Ella me dijo el otro día que soy de las pocas personas a las que realmente no le importa lo que piensen de mí. Yo corrijo. Soy una persona a la que lo único que le importa es lo que piensan de mí. Otra cosa distinta es que busque en esa opinión aceptación o no. Eso ya depende de cómo vaya el día.

Hace años realmente me esforzaba, a mi manera claro, en conseguir no joderle la vida a los demás y por lo tanto lograr cierta aceptación en mis diferentes entornos. Ahora ya ves, tengo días en los que me esfuerzo concienzudamente en caer mal. En marcar los encuentros con el rotulador del desastre o la apatía. Y no me da igual. Lo hago casi siempre consciente, y solo en algunos casos porque no doy para más y la pereza me lleva a la catástrofe.

Si buscase sencillamente aceptación sería el primero en disfrazarme y caminar debajo de una virgen en esta semana santa tan atroz como sobre actuada en la que nos hemos metido sin saber como. O me comprometería con alguna causa justa para dejarme llevar un poco cuesta bajo por los farragosos caminos del compromiso y la utopía. Es decir, diría mucho y pensaría poco. Me vestiría como un idiota y mantendría opiniones igualitas los jueves y los lunes. Como si los avances del calendario no me hiciesen mella.

Me he acostumbrado demasiado a la imagen que me devuelve el espejo del baño todas las mañanas. Cambiarla me supondría dejar de hacer cosas para hacer otras distintas. Soy un hombre de costumbres, así que ya que me he creado un personaje más o menos de mi talla, cambiar cosas es un esfuerzo insufrible. Cambiar a mejor no estaría mal, pensareis. Lo sé, la palabra mejor es mejor que otras o eso nos han dicho. Sin embargo mejor puede ser distinto, y la diferencia no la tengo tan clara.

He cambiado sin querer. El supercrisis de antes me gustaba más. Igual que a vosotros.
Yo soy el primer afectado, creerme.

Si habéis pensado en cambiar de canal, lo entiendo. Aún así os pediría que permanecieseis un ratito más por aquí. No sé, puede que un día me queme a lo bonzo y os arrepentiríais de no haber estado presentes. Lo insustancial deja paso, en ocasiones, a momentos inolvidables. O no habéis echado algún buen polvo después de dos horas de conversación anodina?

Mierda, la pregunta sería, algún polvo no fue precedido de conversaciones que nos aburrían profundamente? Eso.

Mientras tanto estoy pensado en mudarme de nuevo, en coger el teléfono un poco más, en seguir unas normas, como el protagonista de “Astronautas” y así conseguir llevar una vida más parecida a la de otros.

Progresar de alguna manera y olvidar casi todo lo anterior.

03 abril 2009

Apagón total

En mi cafetería de cabecera, el zaguán, se ha caído el wifi. Recién acabo de llegar y tomarme una tostada antes de comenzar a navegar.

Estoy con el ordenador abierto de par en par pero sin señal. De qué sirve si no tengo internet? Estoy escribiendo para matar un poco el tiempo ya que no me apetece irme todavía. Si vuelve colgaré esto y si no vuelve ya veré.

Escribo porque me da un poco de vergüenza marcharme tan pronto de aquí. Los chicos son majos y si me voy pitando a buscar otro wifi cercano, puede que les parezca un cliente oportunista y gorrón. Siempre hago las cosas para no parecer del todo un cabrón sin escrúpulos. Por otra parte, si cierro el portátil y me disculpo y me piro fingiendo prisa puede que piensen que de veras necesito enviar algo importante. Volvemos a lo de siempre, aparentar que algo se esconde detrás de esta fachada de indiferencia y moderada amabilidad.

Aunque haciendo lo mismo, es decir, fingiendo prisa y necesidad, pueden igualmente pensar que no tengo dinero para tener internet en casa y soy un pobretón que mendiga conexión en el bar más barato de la zona y que se va a las primeras de cambio. Algunos clientes sí se están marchando como si cualquier cosa. Pero yo no soy capaz…

Soy de esos que se pierden por no preguntar una dirección, o lo que es peor, se pierde por no haber podido retener unas sencillas explicaciones después de preguntar. Claro, todo entendido. Sí, seguro que sí.

Seguiré escribiendo un poquito más, dejaré pasar unos quince minutos. Creo que es el tiempo necesario para pagar y regresar a casa sin molestar a nadie. Dando por hecho que la ausencia de conexión no es más que un incidente sin importancia dentro de mi apasionante existencia.

Conectar, diagnosticar el error, reparar. Nada, que no se repara. Como en la vida misma. Exacto. Sí.

Enviaré un sms y esperaré la respuesta. Eso es. Mataré algo de tiempo. Seguramente alguien estará dispuesto a contestar rápidamente a alguna chorrada. Pero podría mandar algo que realmente no fuera una chorrada, algo relativamente importante que exigiera respuesta inmediata. Coaccionaría al receptor a contestarme y así, tras escuchar el pitido que alerta del mensaje, podría abalanzarme sobre el móvil y leerlo con un gesto de incredulidad para luego pagar y marcharme. Dejaría claro que el mensaje y mi rápida huída son causa y consecuencia, justificando una vez más mi actitud delante de los espectadores.

Escribo, envío, enciendo otro cigarro.

El camarero se acerca y me dice que ya ha vuelto la señal. Qué alivio, no tengo que escribir más. En realidad no sabía como continuar.
Y francamente, no tener que continuar, casi siempre es un alivio.

Conectar, conectado correctamente. Como en la vida misma.

Y voy yo y me lo creo. Exacto. Sí.