18 septiembre 2009

Suicidios ejemplares de Enrique Vila-Matas

Hace tiempo me compré este libro simplemente porque el título me parecía genial. No me lo he leído y pese a todo, puedo decir y digo que es un libro de la leche. Puta obra maestra.

Cuando el título es bueno ya no hace falta leerse lo demás. El contenido tiene que estar a la altura. Así que de vez en cuando saco a pasear el libro por las terrazas de la latina. Lo abro para que la gente pueda ver el título y sepan qué me estoy leyendo, o haciendo que me leo, un libro de la hostia. No te digo más.

Leemos libros para saber si son buenos, si nos gustan. Con este ya no hace falta, es bueno y punto. Y nos ahorramos lo demás. No es nada personal contra el autor, del que por cierto no paran de hablar los unos y los otros como si nos fuera a poner un piso. De Vila-Matas no me he leído nada, pero tampoco de otros muchos. Nada personal. Con ese título, ya no me apetece. Está todo dicho y la respuesta contestada.

Con las personas nos sucede algo parecido. El título importa, los titulares. Nos acercamos a ellas para saber si merece la pena conocerlas, para saber si están a la altura. Como el tipo del otro día cuyo titular era quiero hablar con tu jefa que organizo un rally solidario por África y necesito patrocinadores. Después de esto pues te apetece conocerlo, claro. O la otra, la del quiero un capuccino pero bien hecho no como la otra vez. Libro malo, me dije.

Nos arriesgamos a conocerlas, digo, para luego poder decir que merece la pena conocerlas. Sin embargo al afirmar esto último ya nos estamos contradiciendo. Para estar seguros de que merece la pena ya nos hemos asomado y a toro pasado es fácil emitir juicios. Gente bien titulada, eso es lo que necesito.

Ves la peli que te han recomendado solamente para saber si es buena. Luego restamos puntos en función de lo bien que nos la hayan valorado nuestros amigos. Si te gusta un seis y a tu amigo un nueve, tú le dirás que un cinco pelao que no es para tanto cacho cabrón. Las opiniones individuales son un invento de marketing de las empresas de perfumes. No existen. Siempre hacemos media colectiva.

Opiniones colectivas. Buzón de sugerencias para los perezosos.

Con las personas casi lo mismo pero al revés. Da la impresión de que la gente que nos presentan tiene carta blanca dependiendo del titular que nos haya dado nuestro amigo común. Los defectos oportunos se ven disimulados por el barniz generoso de las anécdota vividas. Los amigos de mis amigos ganan dos puntos. Igual que las chicas en bicicleta.

Si he conocido en mi vida a cien personas, desde hace tiempo todas me parecen ya conocidas. Me presentas a Juan y creo que es igualito que el número 55 de mi lista. La rubia del otro día pues es más bien el 12. Y así con toda la gente nueva. Parece triste, es verdad, pero me sale natural.

Muy de vez en cuando aparece alguien diferente, con un buen titular a sus espaldas y demasiado tiempo libre. Entonces puede que esa persona pase a ser la 101. Algo nuevo que sí que merece la pena conocer.

El pasado ya no es lo que era, pero el futuro, vamos hombre, el futuro deja bastante que desear. Francamente.

11 septiembre 2009

Hoy no

Después de años, hoy me dedicado a leer.
Después de hacerlo, he olvidado lo que quería escribir.

05 septiembre 2009

Gracias



No es un retoque fotográfico, es la página 62 de la revista Tiempo. Que cosas, la verdad. Qué cojones hago ahí, me pregunto.

El asunto es que un tipo llamado Juan Soto, muy majete él, ha tenido la consideración y osadía de incluirme en esta lista de blogs, dentro de un reportaje que se ha marcado el tío sobre literatura en internet. Si queréis leerlo completo, incluidas algunas de mis opiniones al respecto, solo tenéis que acudir al kiosco y os regalan un DVD con unas pelis subiditas de tono.

A uno se le queda cara de gilipollas y si no fuera por la posibilidad física de que mi ego reviente de una puta vez y lo mande todo a la mierda, no me importaría, francamente.

Que este blog esté recomendado al lado de Vila-matas, Olmos, Rafael Reig y otros, no deja de ser una gran broma de difícil explicación.

De forma que orgulloso y animado por unas copitas, desearía daros las gracias sinceramente. A todos. Los conocidos, desconocidos, anónimos y por conocer. A todos los que de algún modo os habéis tomado la molestia de entrar aquí y echar el rato.

Desearía saber quienes sois para poder agradeceros tanto cariño. Desearía saber si venís recomendados, si me conocéis personalmente, si habéis llegado hasta aquí saltando de link en link, si estáis a punto de enamoraros de mí, o si me habéis visto caminando por la calle sin un rumbo claro.

Puede, incluso, que seas esa chica a la que le dí mi blog en una servilleta en el bar aquel, trece minutos antes de empezar a caerte mal.

Sea como sea. Gracias por tomaros la molestia.

02 septiembre 2009

Algunas de ellas

Me gustan las turistas solas que acuden a mi terraza. Sacan fotos antes de sentarse a comer. Abducidas arquitectónicamente por las calles del centro. Secuestradas en medio de lo ajeno por una ciudad sin manual de instrucciones. Piden tímidamente la comida, sonríen, asienten. Sostienen la mirada sin aspavientos y confían en la tarde que se avecina.

Algunas son preciosas y yo, como de costumbre, fantaseo dentro de mí con la posibilidad de que pueda oler sus cabellos mientras les señalo en el callejero la maldita parada de metro más cercana.

Como aquella, la que acabó de casualidad desayunando un domingo después del rastro. A la que recomendé aquel zumo. La alemana que trabajaba en Valencia y me prometió venir a verme un mes después. Esa con la que efectivamente vencí mi timidez ofreciéndole tomar café cuando acabase el turno. La misma, claro, que semanas después regresó para saludarme demasiado efusivamente. Esa, me digo, que regresó enganchada a un tipo de cine. Español y rubio, de esos que te ponen a bailar mambo en cuanto menos te lo esperas. Alto, galán, y con la raya en su sitio. Vestido de lino blanco iba el maromo, marcando estilo y clase como si no fuera de este mundo. Treinta y poco le calculé, y a ojo creo que de su billetera saltaban billetes como salmones remontando el río. Y claro, los espié desde el interior de mi bar. Se besaron mientras desayunaban, los dos tan rubios y perfectos. Ella pidiendo mi zumo preferido, ese que le recomendé aquella mañana de rastro.

Y así no tiene demasiado mérito. Enamorarse del guapo, del bueno, del héroe. Por muy teutona que sea, bien podía haberse buscado otro español. Un español tirando a botijero, grueso, peludo y con aficiones modestas. Refugio del landismo más cañi y superviviente del último encierro de su pueblo.

Pero claro, ella quiere lo mejor. El solomillo bien cortado y la mesa junto a la ventana. Lógico, me digo. Todos queremos lo bueno, faltaría más.

Y así, recordando esas chicas solas y ambles llego a la chica del pelo corto de esta tarde.

Recién salida de la página doce del vogue de febrero de 1999, atravesó la plaza hasta embocar en la t4, mi mesa preferida. Alabé su acento cuando me pidió la sopa de tofu y un vaso de agua. Sacó un libro enorme en inglés y yo regresé para explicarle el significado de la palabra sopa. Luego, me dio las gracias y eligió el tabulé.

Me miraba insistentemente, sin prestar atención al libro. Yo atendía las otras mesas como un torbellino, ajustando mi hora de salida con la temperatura de su café de sobremesa. Pero claro, ella no dijo nada más de la cuenta, y yo, nada más que gracias.

Durante unos minutos permaneció en la plaza fotografiando la catedral que nos adorna la vista. Sacó fotos meticulosamente bien encuadradas, deduje.

Y antes de verla alejarse, pensé que nunca ese conjunto de piedras recién reformadas, habían salido tan quietecitas en unas fotos.